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17 abril 2026

Entrevista a Miguel Morató

Buenos días os dejo aquí esta entrevista (autoentrevista). Espero que os guste, es totalmente artesanal, por lo que pido disculpas por los fallos...







12 abril 2026

Tolo

Por fin llegó la presentación de Tolo.

Estoy muy agradecido a todas las personas que me acompañasteis el pasado viernes 10 de abril. Pero todavía más agradecido, en deuda, con las personas que os acercasteis pero no os dejaron entrar por haberse completado el aforo. ¡Mil perdones! Os quiero, muchas gracias.

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02 marzo 2026

Los furin (2026)

—¿Todo bien, Nicole?

—Todo bien, Pierre, pasa.

El portazo hizo tintinear las campanas tibetanas. Habían vuelto a quedar para estudiar en su casa, y aunque a Pierre se le notaba que ella le gustaba, Nicole tenía dudas, y por eso le había invitado varias veces con la excusa del estudio. Tenía un nosequé, como cuando comes algo que sabes que te va a sentar mal y estás toda la tarde esperando ese momento que nunca llega; era algo que flotaba en el ambiente, que se movía entre campanillas. Le acompañó al salón, haciendo rechinar la tarima blanquecina, y después Nicole fue a la cocina y preparó café; los exámenes sobrevolaban en círculos como los buitres. Pierre oyó el ruido del borboteo del café y adivinó su olor amargo, que le recordó las tardes en la playa de Gandía tomando café con hielo.

La tarima rechinó y se alzó un repiqueteo, como si cientos de grillos cantasen. Eran los furin japoneses de cristal que Nicole tenía a la entrada del salón, presidido por un Buda dorado. Pierre se abstuvo de hacer comentarios, porque la última vez discutieron cuando hizo una broma desafortunada sobre la barriga de aquel. Pensaba que Nicole estaba demasiado obsesionada con el budismo.

—Hummm, qué bien huele. 

—Es especial, traído de Vietnam.

—Por el olor amargo, parece que han cortado hierba en el prado. Este café nos quitará el sueño, seguro.

Tomaron el café solo, sin azúcar, mientras comentaban chismes y reían. A los cinco minutos, Nicole recogió en una mesita auxiliar las tazas y comenzaron a estudiar. Pierre se centró en los apuntes sin levantar la cabeza, musitando para sí. Nicole se sentó sobre las piernas dobladas, con unos cascos de música gigantes, unas tarjetas con resúmenes y el libro. Estuvieron varias horas tan concentrados, que no notaron cómo las corrientes de aire atravesaban las campanas japonesas. A las tres horas ella le tocó el hombro y Pierre levantó la vista:

—Es hora de hacer un descanso. ¿Más café? 

—¡Si, perfecto! Voy un momento al baño. 

—Ten cuidado con el lavabo, está roto y si te apoyas con fuerza se puede caer.

Se levantó y los furin le saludaron. Entró en el baño y cerró la puerta, y sonaron más campanillas. Se lavó la cara y se miró al espejo. Levantó la mano para peinarse cuando su corazón frenó en seco: un par de ojos dorados sin cejas le miraban. Se volvió deprisa y lo golpeó sin querer con el codo, aunque lo cogió antes de caer al suelo y sonrió. Pero la sonrisa se evaporó como un globo que se suelta y desaparece en el cielo, porque se fijó que tenía un desconchón. Joder, ¿qué hago ahora con esto? Se acordó de su primo, que pintaba maquetas. ¿Pero cómo sacarlo de allí? Imposible, era imposible. ¡Joder! Tenía que esconderlo, pero ¿dónde? No había sitio. Qué marrón, a tomar por saco sus planes con Nicole. Miró hacia arriba para blasfemar pero quedó mudo bajo una sonrisa: la cisterna. Era de las antiguas, como toda la casa. Se veía el mecanismo de la boya oxidado, y se escuchaba el siseo de una fuga. Colocó un taburete cojo encima de la taza del váter y se subió con cuidado. Haciendo equilibrios, taca-taca, taca-taca, lo sumergió. ¡Coño!, no entraba del todo. Apretó con fuerza pero solo consiguió salpicar agua, bajó y miró hacia arriba. ¡Bah!, se mimetiza con el techo, y si no te fijas no se ve; mañana traeré pintura. Para disimular, tiró de la cadena y la cisterna hizo un ruido afónico, un quiero y no puedo. Pierre se quedó frío y grisáceo, hasta que un chorro de agua cayó por la porcelana blanca. Salió con una sonrisa del baño, que se despidió de él tintineando. Nicole se levantó y le miró con el ceño fruncido, mientras él entraba rápido al salón entre los tintineos de los furin. 

—¿Todo bien, Pierre?

—Todo bien, Nicole. El café, que es muy fuerte.

—¿Te ha pasado algo en el baño? He oído un golpe.

—Si, si, esto… había agua y resbalé. No me caí pero di una patada para equilibrarme.

—¿No te habrás apoyado en el lavabo y se habrá caído, no?

—No, por Dios, se hubiese escuchado un golpetazo enorme. Y se habría roto todo. Si no me crees, ve y mira con tus ojos.

—No te pongas así, que te creo. Es que el baño está muy mal. ¿Te has hecho daño?

—No, no, tranquila, solo es el susto. ¿Seguimos estudiando? Creo que lo llevo mal, y te iba a decir que mañana volviésemos a quedar.

—Me parece buena idea, yo tampoco lo llevo bien. ¿En tu casa?

—¡No! No, esto… prefiero en tu casa, en la mía hay obras en la calle hasta las diez, y no hay quien pare. Y la perra está en celo, y debajo de casa aúllan los machos.

—Pues así es imposible. Pero mañana tampoco podemos quedar aquí.

—¿No?

—Vienen los obreros para reformar el baño, ya has visto cómo está. Me han prometido que en tres días terminan.

Pierre se quedó frío y grisáceo, mientras sus latidos movían los furin de cristal.

—¿Te pasa algo?

—No, por supuesto que no.

—Buenos, sigamos estudiando, que estos días habrá que ir a la biblioteca y allí será difícil estudiar, con el ruido que hay. 

Nicole se sentó sobre las piernas cruzadas, mientras los furin de su cabeza tintineaban violentamente.

—¿Nicol?

—¿Si, Pierre?

—Tengo que decirte una cosa…

—¿El lavabo?



03 febrero 2026

El intermitente (febrero 2026)

La subieron en la ambulancia medicalizada, aunque deberían haberlo hecho en un coche fúnebre. La paciente estaba en coma, próxima a la muerte. Sus hermanas, dos ancianitas persistentes, habían conseguido que el médico firmase el traslado a Galicia. Quinientos kilómetros financiados por el Estado. La ambulancia arrancó apestando a gasóleo, petardeando humo negro por el tubo de escape mientras el intermitente coloreaba de naranja el asfalto, y callejeó por el barrio mientras el enfermero se sujetaba como podía con aquel bamboleo. Paró en una casa del barrio de Orcasitas, las dos ancianas se bajaron y al poco regresaron cargadas con dos cestas de mimbre grandes, una maleta roja, cerrada con un cordel, y una bolsa grande con prendas colgadas en perchas. Por fin, el camión de mudanzas medicalizado partió hacia Orense, y se despidió con luces naranjas intermitentes de la capital. La paciente iba atrás en una camilla, acompañada por un enfermero de pijama y tez blanca, que aguantaba las náuseas por la mezcla del olor a combustible y la naftalina que salía de la maleta roja y la bolsa de ropa. Además, tenía la carne de piel de gallina, porque el conductor, a la vista de la paciente, había bajado la calefacción, no fuese que el olor de gasóleo se mezclase con el olor a muerte cercana. Las hermanas iban delante y hablaban con el conductor. El enfermero sonrió aliviado, no entendía la jerga de aquellas mujeres y no quería tenerlas a su lado, sujetándose donde pudiesen con cada giro que daba la ambulancia, con cada bache que te partía en dos, y teniendo que gritarlas por encima del ruido de las vibraciones de la furgoneta. Cada poco tiempo, colocaba el fonendoscopio sobre el pecho de la mujer y consultaba su reloj, calculando su frecuencia cardiaca. Al principio, las hermanas giraban la cabeza para ver qué hacía, y vistas desde atrás, con el bamboleo del vehículo, parecían los perritos que adornaban la parte trasera de los coches, que mueven sus cabecitas al ritmo del bamboleo. Al cabo de cincuenta o cien kilómetros, las hermanas estaban enfrascadas en una conversación, mezclada con risotadas, con el conductor, que también había dejado de mirar por el retrovisor. El enfermero se giró para apoyar de nuevo el fonendoscopio sobre el tórax de la mujer, agarrándose al tirador que había en un lateral para evitar caerse, ocultando la visión de la paciente desde el ventanuco delantero con su cuerpo blanco. Con una mano apoyó el fonendo, y con la otra, una vez que la liberó del tirador, en lugar de observar el segundero del reloj, cerró con fuerza la boca y la nariz de la paciente. Esta tuvo un leve estremecimiento, un temblor de piernas, exactamente como cuando se pierde la vida de manera violenta e inesperada. El enfermero siguió apretando, como quien abraza a sus hijos, con pasión y devoción, y cuando calculó que había escuchado el último latido hacía varios minutos, se sentó, alisó su blanco pijama y peinó a la paciente con las manos, colocando sus cabellos con suavidad. Las hermanas se giraron en ese momento, y sonrieron al ver el cariño con que trataba a su hermana. Al poco, el enfermero volvió a colocar el fonendo sobre el tórax y entrecerró los ojos un buen rato, moviendo la cabeza al ritmo del bamboleo de la ambulancia, hasta que fue consciente que el conductor le clavaba los ojos por el retrovisor. Giró la cabeza y cruzaron las miradas, y negó de manera imperceptible. El conductor abrió mucho los ojos y después asintió, y poco después notaron cómo desaceleraba la ambulancia y disminuían las vibraciones. Escucharon el sonido repetitivo y acusador del intermitente que iluminaba la salida de la autopista. Tu-tú, tu-tú, tu-tú.  




11 enero 2026

Ya está más cerca (Tolo)

 Ya hemos firmado el contrato, y estamos trabajando en la revisión  del libro. En breve pasará a maquetación y diseño. 

Os dejo un pequeño avance.





21 diciembre 2025



Parece que el sueño se hará realidad en breve... Espero poder ofreceros más noticias en dos o tres meses.

Saludos cordiales.

03 noviembre 2025

El charco correoso (binomio fantástico...)

Otro niño que me patea ¡la madre que lo…! Estoy molido, me pisan, me pasan por encima, me barren. Es el pan nuestro de cada día, no dejan que mi negro aspecto brille bajo el sol, ni refleje los edificios bajo la luna. Vivo en tensión, cuando afloro me pregunto lo mismo: ¿dónde estoy, hasta cuándo? Sí, los filósofos hablaron del eterno retorno. Pero no creo que se refiriesen a mí, aunque me conocían de sobra. ¡Cuántas veces les mojé las túnicas y los pies! Pero aquello era harina de otro costal, hablaban de cosas extrañas, tanto que ni ellos mismos se ponían de acuerdo. ¡Menuda empanada! Con lo sencillo que es una pequeña filtración, acumular gota tras gota, hornearte con la suciedad del suelo y aparecer fresco y hermoso, negro y brillante, dispuesto a untarles mis grasillas a los paseantes. ¿Os he contado cuando estuve en la boda del príncipe Felipe? Qué orgulloso ser pisado en primera fila por la realeza, presidentes, ministros, empresarios y resto de la jet del planeta. Aguanté bien tendido, sin desmigajarme. Y con qué respeto me trataron, sin esquivarme ni saltarme. Al día siguiente, una horda de asiáticos con plásticos blancos en las cabezas, cámaras fotográficas en mano, me zarandeó de manera inmisericorde. Se me hizo más largo que un día sin pan, hasta que pude ensoparme bajo las grietas del pavimento. Pero me estoy poniendo correoso. Atended, mis pequeños molletes, y no os acerquéis a aquella grieta, que no es tal sino un desagüe, y si os asomáis os daréis un buen coscorrón. Por cierto, ¿tampoco os he contado la anécdota de los panaderos? Ha llovido mucho desde entonces, pero me sigo riendo. Todos los días, de madrugada, un matrimonio vestido de blanco pasaba encima de mí, con su carrito lleno de harina, camino de la tahona, y me apartaban a patada limpia para que su perrito no se mojase los pies. Ellos, relucientes como la luna llena, me hacían papilla para que su perrito no se resfriase. Y me cansaron. Mi negro corazón amasó despacio su venganza. Aparecería en otro sitio cercano y ya verían, ya, aprenderían a no tratarme a patadas. Todavía tiemblo de la risa al recordarlo. Busqué un lugar estratégico, de paso obligado. Allí localicé unas baldosas bailarinas, que habían perdido la solera inferior, creando unos espacios vacíos útiles para mi propósito. Al anochecer me infiltré entre ellas y emergí en superficie. Estaba todo guapo con mi traje de gala, negro, pegajoso, brillante. Temblaba de la emoción, y conmigo la imagen de un edificio. Quedaban pocos minutos para que llegasen cuando, de repente, apareció despistado un gato desaliñado. Era callejero, de esos que nunca tienen prisa, y tan pronto se tumban a lo largo de la acera para ver pasar el mundo, o juegan con los charcos como si estuviesen pescando. ¡Chist! ¡Chist! ¡Chist! Ni caso, el muy zoquete no se inmutó. A lo lejos escuché el chirrido del carrito de los panaderos. Impaciente, volví a chistar al gato, que observaba junto a mí la luna trémula. Qué catástrofe, si le veía el perro se organizaría la mundial, echaría a correr tras el gato, los panaderos tras ellos, y todo mi plan se quedaría en blanco. Miré al gato fijamente para asustarle, pero bostezó. Te vas a enterar, le dije. Cogí aire varias veces, lo mastiqué y solté una ventosidad hacia los huecos de la solera del pavimento. El aire salió despedido hacia arriba, se mezcló conmigo rugiendo como un león, y pintamos de negro al gato. Éste, asustado, maulló empapado con los pelos tiesos y huyó calle abajo, justo cuando el perro asomaba su hocico pálido por la esquina. El can se quedó parado con la cola tiesa, girando la cabeza a los lados y con cara de mendrugo, intuyendo que allí se había cocido algo, pero a él no le habían invitado. Movió la cola y ladró a sus amos, que ya me pisaban de blanco, arrastrando el carrito chillón. Al tercer pisotón, la baldosa cojeó y mi preciosa agüita negra, una mezcla de agua fermentada y aire contenido, saltó como un géiser, pintándoles de arriba abajo, y añadiéndose a la harina. 

Esa mañana abrieron la tienda más tarde, aunque vendieron más chuscos alemanes que nunca. Ya se sabe, las penas con pan son menos penas.



01 septiembre 2025

La puerta (2024)

Te frotas los brazos porque tienes miedo, y tiemblas. Dices en voz alta que sabes que está ahí, detrás de la puerta. Eso es lo que tú te crees, tía, aunque no es verdad, ya lo comprobarás. Te aterra tener que conocerlo, porque no tienes fuerzas ni para conocerte a ti misma. ¿Entonces, te preguntas, cómo vas a conocer a otros? Dices que tienes mal ojo con la gente por eso mismo, porque no te conoces a ti. Piensas que ha estado a tu lado siempre, pero no sabes si para ella tú eres igual de desconocida, o te conoce mejor que nadie, mejor que tú misma. No es difícil conocerte, cualquiera que esté cerca de ti un tiempo, acabará viéndote hasta las bragas, de lo transparente que eres. No te preocupes, no le diré a nadie que usas tanga de CK. Sigues en la cocina, de pie, frente a la puerta roja. Le gritas, le dices que deje de dar golpes, que no le vas a abrir. Te preguntas por esa puerta, siempre está ahí. Esa puerta lleva más tiempo que tú en la casa, que yo sepa desde el siglo dieciocho. Cuando llegaste, hace diez años, la puerta estaba igual que cuando vino el anterior inquilino. Pequeña, con un lado cortado al bies, como si el espacio interior estuviese abuhardillado. Pintada de rojo, un rojo sucio y triste, el paso del tiempo había agrietado en sentido transversal su pátina. Su madera recia, con un pomo dorado redondo, soportó tus golpes los primeros meses, cuando mandabas callar ahí dentro. Otras veces, cansada de golpear y gritar, te sentabas en el suelo y apoyabas la espalda en ella, intentando sentirles a ambos, a la puerta y la persona que decías que había dentro. Pero la puerta no te hablaba, nunca lo hizo, y estaba fría, como si fuese inmune a la calefacción del piso. Aquellos días terminabas tiritando en el sofá, con una manta de viaje sobre los hombros y un té caliente entre tus manos. 

Al poco de llegar, reformaste la casa entera excepto la cocina. No lo sabes, pero desde el primer día ya tenías miedo. Siempre has sido una cagona, y tenías miedo de todo, hasta de tu sombra. Pero nunca habías sentido el miedo en la raíz de tu pelo como ahora, delante de la puerta. Nunca quisiste abrir la puerta, ni dejaste otros lo hicieran. ¡Si tanto miedo tenías, haber dejado a los obreros que la tirasen abajo! Después de la obra colocaste delante un frigorífico americano. Pero ella es muy lista, mucho más que tú. Es más vieja de lo que supones.  Todas las noches surge un rumor, que cesa de golpe cuando entras en la cocina. Incluso las noches que vas de puntillas y sin respirar, el rumor se acalla antes de alcanzar el pulsador de la luz. Siempre enciendes al segundo o tercer intento, cuando consigues calmar tu pulso ansioso. Esas noches, cual víctima de Medusa, permaneces hierática a oscuras, escuchando el doloroso silencio que flota tras cesar el rumor. Cuando enciendes la luz, aunque sepas lo que te vas a encontrar, gritas hasta quedarte afónica, con el miedo arando tus entrañas: la nevera está en medio de la cocina. Como si te cediese el paso, para abrir la puerta, aunque esas añagazas caen en saco roto, nunca giraste la llave ni el pomo. Y todavía te preguntas por qué. Era por miedo, ya te dije antes que te cagabas por la pata abajo. 

Ahora hace tiempo que no oyes golpes, y te preguntas si se habrá cansado. Y también si es más joven que tú, o todo lo contrario. ¿Será un trasunto tuyo? Así debiera ser, si supones que sois una única realidad. Pero tampoco tiene que ser igual que tú, por la misma razón que nadie tiene las dos orejas iguales. ¿O es que no te has visto en el espejo? Llevas tiempo pensando en esto, mientras paseas arriba y abajo por la casa, a lo largo del pasillo que conecta la entrada con el salón. De la entrada al salón; media vuelta, del salón a la entrada; media vuelta, de la entrada al salón, y así más de diez años. Antes, cuando te visitaba alguna amistad, te decía entre risas que tuvieses cuidado, que el suelo se estaba combando. Nunca lo reconociste, aunque has colocado una pesada alfombra de pasillo. ¿Eso no se llama hipocresía? 

Y te vuelves a frotar los brazos porque crees que tienes frío, aunque es miedo, porque ha llegado la hora de tomar una decisión. Tras años de paseos por la casa, pronto te vas a casar y abandonarás este hogar. Puede parecer absurdo, pero te preguntas ¿qué hago, abro la puerta para que venga conmigo? Aunque más absurdo sería preguntárselo a tu novio. Se iba a quedar con una cara... Por eso te has decidido a abrir la puerta, aunque todavía no lo sabes.

Llegó la noche y comenzó el leve rumor en la cocina. Te levantaste a oscuras, ya tenías el camino memorizado. Ni siquiera te esforzaste por caminar en silencio. Al llegar a la cocina, el rumor cesó. Encendiste la luz y gritaste desesperada, antes de mirar, porque sabías que te ibas a asustar, como todas las noches, al ver el frigorífico en el medio. Rebuscaste en la lata de cola-cao y, entre las pinzas de plástico, tapones de corcho, agendas y bolígrafos, encontraste la llave, oxidada. No recordabas que estuviese herrumbrosa, pero la última vez que la cogiste la dejaste sin querer dentro de la pila, y la guardaste húmeda. ¿Ya te vale, tía, es que nunca prestas atención a otra cosa que no sea la puerta? Te acercaste inspirando fuerte, mientras tu corazón percutía la marcha Radetzky, e introdujiste la llave meneando la cabeza porque no entraba bien. La giraste, pero no se movió. Tiraste con fuerza para sacarla, y casi te caes de culo al suelo. Cogiste el atomizador de aceite para las ensaladas, y rociaste la cerradura y la llave. Creías que la noche iba a ser tan larga como el amanecer de un día nublado, y te equivocaste. Preparaste un té, porque seguías temblando, cogiste la llave, y esta vez entró con suavidad. Claro, si la habías bañado literalmente en aceite virgen extra de oliva. Giraste la llave con ganas. No te lo creías, pero la cerradura se abrió. Manoseaste el pomo dorado con las dos manos, porque tu miedo lo había llenado de sudor resbaladizo, y se liberó el pestillo. La puerta chirrió al empujarla, mientras las motitas de polvo se reflejaban en los haces de luz intermitente de la cocina. Dentro, la sombra del frigorífico no lograba ocultar de tu vista, sobre una silla de madera, tu vestido blanco nupcial.








19 agosto 2025

 Buen año (2024)

Realmente fue un buen año, la producción había aumentado. La vaquería multiplicó sus beneficios. Todo gracias al bebé. 
Mamerto, como le llamaba en secreto, había nacido a primeros de año, cuando la nieve creaba pequeños charcos en el porche. Era pequeño, calvo y tan feo como su padre, que decía ser mi hijo, pero tenía una mirada despierta, igual que la perrita cazadora. Pero el mamón no dejaba de llorar. Todo el día berreando, con la cara roja. Decían que era un problema de gases, que no sabía expulsarlos y había que ayudarle. Sus padres, primerizos, no atinaban con la solución. Yo, que cuidaba el ganado, aprendí a estimularle cada dos horas el ojo del culo. Lo hacía con un gastado badajo de madera, que suavizaba con aceite de maíz. Al poco, Mamerto aflojaba tantos gases como para llenar una bombona de butano. Pero no era suficiente, la criatura chillaba y chillaba, la carita roja. Y no parece que estuviese en celo, ya que sólo se le ponía tiesa al mear. Me juré que cuando creciese le llevaría con la Yeni, para que le enseñase la vida. El veterinario aconsejó que probásemos con música, que amansaba a las fieras. A él le funcionaba con sus clientes. Bajé al pueblo en la camioneta y compré un casete donde la Justa. Pasé por la gasolinera y elegí varias cintas de música. Me había aconsejado la Yeni, que de mover las caderas sabía mucho. Juraba por sus hijos que esa música se bailaba a todas horas en su país, y todo el personal andaba contento. Como follaba muy bien le hice caso. Mi mujer estuvo de acuerdo, y pusimos el reguetón. El niño, embutido en un mono azul de lana gruesa, comenzó a seguir aquel ritmo diabólico con sus manitas y piececitos. Cambió el lloro por el babeo, y tenía una luz en los ojitos redondos que le iluminaba toda la carita. Incluso se le empinaba sola, sin mear. Hasta su madre, que llevaba días encerrada con nosequé de depresión, se animó y salió de la cama. 
Al alba, cuando salí a ordeñar las vacas, estas rodeaban la casa. Despedían vaho por sus fosas nasales como las chimeneas de la fábrica de cemento. Las vacas movían el rabo y los cuernos al ritmo del reguetón. Todas excepto dos, que quedaban más lejos, bajo la encina cubierta de nieve, montadas por el toro. Les solté los perros y las conduje al establo. No había terminado de ordeñarlas, cuando vi que me quedaba sin cántaras. Le pedí prestadas al vecino, y al cabo de un par de días comprobé que las vacas daban más leche. Lo corroboró el camionero que hacía las recogidas. Todas excepto una. La blanquita. La muy hija de satanás no paraba de cocearme cuando la ordeñaba. Se lo comenté extrañado a la Yeni y se rio de mí. Lo hizo con aquella risa suya, tan intrigante y excitante. Se le veía la lujuria en el fondo de la garganta. Cabreado, le amenacé con no volver, y ella se puso seria y dijo que lo mismo la vaca era sorda. Eso me hizo pensar y compré en el pueblo un walkman y unos auriculares. Me costó lo suyo ponérselos, parecía un potro loco. La última coz partió el taburete y casi se lleva mis huevos. Pero más tarde, cuando la ordeñé, se quedó muy tranquila. Se dejó exprimir mansamente las ubres y la leche terminó rebosando la cántara. Y todavía le saqué más, mucho más. Esa misma noche oí mugir a las vacas en el establo. Hasta tembló un poco el suelo. Pero hacía frío y no me quise levantar, y mandé a los perros. Volvieron mansamente, moviendo el rabo y la cabeza. Cuando amaneció, la blanquita estaba la primera delante de la casa, marcando el ritmo al resto. Una semana después, tras terminar de ordeñarlas, me di cuenta que habíamos duplicado la producción. Esa noche fui a darle las gracias a la Yeni. Con la ilusión, los gritos, los brindis y los porros, se me pasó echarle un polvo. Así que cuando llegué a casa se lo eché a la parienta. Cuando terminé, Lucía tenía los ojos tan abiertos como la luna llena, y el semen le goteaba entre las piernas. 
Realmente fue un buen año, la producción había aumentado.



20 julio 2025

Carta de amor (2020)

Mi querido amigo:
Estoy descansando una larga temporada, pero te echo de menos, aquí estás prohibido.
Recuerdo mi niñez, cuando gracias a ti se materializaban mis juegos, mis ilusiones, mis primeros deberes. Conforme iban pasando los años te valoraba más y más, ya que de tu humilde cabeza de carbón aparecían mis padres, mis hermanos, mis amigos. Incluso mis profesores. Cuando cumplí los doce años y descubrí La isla del tesoro, Los tres mosqueteros, y otros libros de aventuras, todo mi mundo fantástico comenzó a brotar gracias a ti. En todas partes, en mis libros, en las mesas de la clase, en las paredes del portal. Ni siquiera achicarte, al sacarte punta, me entristecía; volvías más incisivo. Tanto, que acabaste clavado en la pierna de Gregorio Serrano, el abusón del colegio.
Gracias a ti, con tus momentos de mayor o menor dureza, de mayor o menor finura, conseguí dar vida a mis personajes, aquellos que me han encumbrado, incluso que me han traído aquí. No he conocido otro compañero como tú. Amigo fiel, nunca me has fallado. Bueno, alguna vez has llegado a perder la cabeza tras una discusión. Pero siempre tenía arreglo.
Pero hoy en día nuestros caminos se han separado. Al igual que con Gregorio Serrano, mediaste en otro conflicto y acabaste clavado en una garganta. Y aquí, como te decía, estás prohibido. Te echo de menos.
Te quiero.




09 julio 2025

Luna de miel (2022)

¡Cómo pesaba la maleta! El próximo día pido que me ayuden. Y hemos tenido suerte, ha salido más barato de lo que esperábamos. Aunque le expliqué a la señorita que quería un camarote para los dos, ella se empeñó en darme uno individual. Le dije muchas veces que no, que era para nosotros dos, pero ponía cara rara, como si se hubiese tomado algo chungo. Tal vez porque tenía poco tiempo, ya que estaba atendiendo una llamada con su móvil. O tal vez porque no dejaban de hablarle por el auricular que llevaba en la oreja, aunque daba señales de impaciencia, porque golpeaba la mesa con ritmo, como hacía mi colega “el baquetas” cuando ensayaba sus canciones. Incluso me ofrecí a enseñarle a mi mujer, que iba bien guardada en la maleta. Pero la señorita me dijo amablemente que no hacía falta. Cuando le di el dinero, se puso guantes para cogerlo. La verdad, desde que estoy fuera del piso me doy cuenta de lo que sufre la gente de fuera con tantas manías. 

Tiraba ya de mi mujer y del resto del equipaje para subir a bordo, cuando sentí que el corazón me golpeaba la cabeza. Arriba, al final de la pasarela, estaba don Manuel, mi terapeuta. Me quedé quieto, con la boca abierta, mientras los de atrás gruñían y decían un no sé qué, y pasaban a mi lado empujando. Cuando la sangre bajó de mi cerebro y mi cabeza comenzó a funcionar, me limpié las babas y me pregunté quién sabía de mi viaje de luna de miel. Sólo mis amigos del piso, y todos odian a don Manuel. Eché mano al bolsillo y saqué una pastilla del montón que llevaba siempre ahí, me la puse debajo de la lengua y esperé que me ayudase rápidamente. No la había mirado para ver el color, pero daba igual, todas ayudan más o menos. Seguí subiendo por la pasarela. Le tengo que contar a mi mujer que sé mucho de barcos y cruceros, que lo aprendí todo en el piso, viendo Vacaciones en el mar. Cuando llegué a la cubierta, don Manuel desaparecía a proa, cogido del brazo de una rubia con tetas gordas. Ella me sonaba de hace mucho tiempo, esta tarde haré memoria, seguro que la recuerdo. Para eso me tengo que tomar la azul, y estar muy concentrado. Llegamos al camarote, que estaba en la cubierta inferior. No tenía mucha luz, la bombilla estaba rota y sólo funcionaba la del baño. Luego cogeré una bombilla del pasillo, mi mujer no puede estar a oscuras, le da miedo. Bastante habrá sufrido la pobre dentro de la maleta. Entonces me acordé que seguía ahí dentro y corrí a socorrerla. La dejé encima de la cama, fofa, sin gracia. No reaccionó, estaba floja, con cara de susto.



01 julio 2025

Robaperas (2021)

Madrid, jornada del 24 de abril de 1619.

—Buenos días tenga vuestra señoría, maese Juan.

—Buen día reciba vuesa merced, compadre Ezequiel. A fe mía, extraño su presencia por estos lares, dado que su señoría recaba sus cuitas lejos de aqueste mentidero de la Paja.

—Voto a bríos que estáis en lo cierto, querido Juan, más hoy no me hallo en busca de nuevas, sino de fulleros que, llegado el caso, sepan tanto desjarretar corchetes como acarrear calderos repletos de reales de vellón.

—Plugo al cielo que vuesa merced anda corto de mesnada e no sabe cómo preparar la encamisada.  

—Escaso de mesnada sí, pero repleto de mesnadería cuando el botín descanse en nuestras alforjas. E para el otro empeño, busco al mejor pícaro de la villa e corte. Tal vez lo conozcáis.

—Puede que sí, ahora me viene a la testa un primo, muy apuesto e venturoso.

—Nada más deseoso para él, más de esa guisa, por petimetre le tomaran. Lo prefiero torvo e malencarado.

—Pues entonces será hábil e noble con las armas.

—Lo prefiero bellaco, más adecuado para el encargo.

—Será tal vez experto en amores.

—Quia, ¡si es farfante, ganapán e quitahipos! 

—Albricias, pues ya lo habéis encontrado, compadre Ezequiel. ¿E quién será la desventurada víctima de aquestas inquinas?

—Maese Juan, niego la inquina pues ningún mal deseo al viejo hidalgo. Más bien procuro un préstamo generoso, para nada oneroso. Nuestro querido compadre sufre un mal nocturno que le impide conciliar el sueño, manteniendo una prolongada vigilia que le atormenta. Ahora vive  consumido, como un baldragas e un cagalindes. Nuestra intención sanadora es alejarle de aquello que le quita el sueño, el hambre e, por ende, la vida.

—Pardiez, pareciérame antes del parlamento, que vuesa merced quisiera robar los cuartos al viejo hidalgo. Más ahora, desecho el entuerto, siento cómo la virtud cristiana guía vuestros deseos. Estar tarde acercárame a San Sebastián, a prender dos velas por vos.

—Dios le guarde e preserve el juicio.

—Contad pues conmigo para tan pía empresa.

—Pía e venturosa.

—¡Tasque el freno compadre! La ventura está por llegar, e no se confíe en exceso pues también es pronto el deceso. Si la encamisada sale bien, todos contentos. Si sale rana, nos descoyuntarán las ancas en algún sótano del Palacio de Santa Cruz.

—¡Vive Dios que no llegará la sangre al río! 

—De eso, ni yo me fío.

—Pues hasta mañana entonces.

—Si Dios e su majestad así lo quieren, no seré yo quien les lleve la contraria.      

Diccionario

  • Baldragas: Persona inusualmente simple
  • Bellaco: Se emplea para definir a una persona astuta y sagaz, así como para nombrar a un traidor.
  • Cagalindes: Cobarde
  • Farfante: Parlanchín, amigo de echarse flores y contar fantasmadas en las que se dice protagonista.
  • Fullero: Que hace trampas.
  • Ganapán: Hombre rudo y tosco. Que nunca saldrá de pobre.
  • Corchetes: Agente de justicia que se encargaba de prender a los delincuentes.
  • Desjarretar: Debilitar y dejar sin fuerzas a alguien.
  • Petimetre: Joven muy presumido que se preocupa exageradamente por su aspecto.
  • Quitahipos: Persona tan fea que te asusta nada más verla.
  • Robaperas: Dícese de la persona que, literalmente, no es nadie.
  • Torvo: Dicho especialmente de la mirada: Fiera, espantosa, airada y terrible a la vista.



28 junio 2025

Cruce de caminos, cruce de tiempos, qué cruz (2019)

—Disculpe señorita, se ha sentado encima de mi…

―¿Eh, quién habla? Pero… ¡si aquí no hay nadie!

―Ahora resulta que soy invisible.

―Pues no veo a nadie…

―Llevo aquí sentado más de una hora.

―Lo que decía, “el hombre invisible”

―Un poco más de respeto por favor, que no quiero llamar al revisor.

―¿El revisor, será usted antiguo?

―¿Cómo dice, que no hay revisor en este tren? Seguro, y también  que Franco ha muerto…

―¿Y quién es ese?

―Por Dios, ¡qué les enseñan en la escuela!

―Oiga, oiga, no se venga arriba, que yo he ido a un colegio concertado.

―Me hubiese venido arriba para dejarle el asiento, pero se ha abalanzado sobre mí.

―¿Insinúa usted que le estoy acosando? Si ni siquiera le puedo ver.

―Nada más lejos de la realidad, señorita. Le estaba contando que le iba a dejar el asiento cuando… ¿sigue empeñada en que no me ve? Espere, espere, que esto me suena… ¿Ahora me ve?

―¿Cómo lo ha hecho? ¿De dónde viene?

―Es una historia muy larga, aunque tenemos tiempo porque este tren ya no para más.

―¡Pero qué dice, si queda poco para llegar a Sol! ¿Se encuentra usted bien?

―Mejor que nunca, gracias. ¿Este tren no va a Alcantarilla? Voy al funeral de mi abuelo. Falleció en las trochas de Cuba y vamos a darle cristiana sepultura.

―Sigo sin entender lo que habla, ¿no quiere que avise al médico?

―Ay, qué dulce es usted, se parece a mi nieta. Ella se ha ido a estudiar a la Sorbona, porque aquí no les dejan entrar en la Universidad, qué país de retrasados ¡Burp!

―Jajajaja, ¿se ha tirado usted un eructo?

―Es el problema de la visibilidad, acumulo gases… y es de buena educación expulsarlos así.

―Qué gracioso, por lo menos es sincero. Bueno, llegamos a mi estación, ha sido un placer. Asegúrese bien, que este tren no va para Alcantarilla.

―Gracias hija, y tú ten cuidado con los franceses, que siempre nos han odiado.



26 junio 2025

Mártir del Universo (2023)

Aterricé en la Tierra. Misión del Líder Supremo: valorar condiciones de vida.

Aire respirable. El localizador indicaba Picos de Europa. Descubrí seres con cuernos. Lancé el comunicado en cuarenta mil lenguas universales. Siguieron masticando. Me acerqué y mostré un mensaje visual. Recibí lametazos. Tiré el casco, dañado. Olía a hierba y mierda. Me dirigí a una población. Cazas hostiles me atacaron graznando. Me llevaron en volandas. Disparé. Caí en vuelo libre, estrellándome contra el Museo del Quesu. Aterricé sobre una crema viscosa que olía como el refrigerante de la nave. La probé. Mis glándulas empáticas explotaron. Llené de crema mis dos estómagos. El suelo estaba repleto de botellas verdes. La mitad no resistieron mis tres toneladas de peso. Recogí dos muestras. Toqué el líquido con el dedo índice de mi primera mano derecha y lo chupé con ambas lenguas. Mis cuatro ojos relucieron, mis cabezas giraron. La etiqueta decía sidra. Era ácido y fresco. Me bebí seiscientas botellas. Caí al suelo mareado, meándome encima. Hacía ruidos con las bocas, que el traductor reconoció como carcajadas.

Aviso entrante: enviar primer informe.

Planeta Tierra habitable. Primer contacto positivo. Segundo contacto negativo, cazas hostiles. Sufro heridas. Recuperándome con tecnología terrícola. ¡Puxa Líder Supremo!

24 junio 2025

Navidad en el penal (concurso de cuentos de Navidad Zenda, 2018)

Los primeros copos de nieve flotaron sin avisar, como otros años. Se despertó, había llegado la Navidad. Llevaba mucho tiempo allí, y medía el tiempo por las estaciones. Sobrevivía desde hacía más de quince años en aquel agujero, y  envejecía rápidamente; con cuarenta años era considerado un viejo, todo un veterano. Las palizas, la escasez de alimentos y las malas condiciones de aquel lugar le habían llevado a un estado de postración lamentable, y ya comenzaba a ansiar un final, para bien o para mal. Cuando notó aquellos copos, su sonrisa inicial se fue transformando en una mueca de miedo, al ver cómo se amontonaban dentro de su estrecha celda. Otros años no habían llegado a cuajar más allá del rincón donde estaba el cubo de las heces, y en el alféizar del ventanuco, entre los barrotes. Pero ahora caían copiosamente, con fuerza, como si quisieran enterrarle vivo. De poco le serviría gritar, los vigilantes solían dormir profundamente, con la tranquilidad de los que saben que de allí no se escapaba nadie. Pero era Navidad, y los milagros existen; la nieve se fue amontonando poco a poco en su celda, dándole tiempo a situarse en la cresta de la montonera, hasta llegar al ventanuco. Los barrotes, presos como él, cargados de herrumbre, cedieron con facilidad. Asombrado, por un momento quedó inmóvil, como si aquello fuese un sueño. La vida le había regalado otra oportunidad. Saltó al exterior, donde todo estaba oculto bajo un manto blanco. Corrió libre, con el corazón palpitante que le impedía respirar, alejándose de aquel maldito lugar. A lo lejos comenzó a oír ruidos secos, ¡las campanadas!

Desde su atalaya, el vigilante observaba admirado la nevada que había cubierto por completo el penal. Comenzó a soñar con las navidades, las risas de sus hijos mientras adornaban el árbol, las canciones, las reuniones familiares. Este año, con un poco de suerte, podría pasar alguna fiesta con su familia. Un punto negro, que iba profanando pasito a pasito toda aquella blancura, le despertó de sus fantasías. Cogió su fusil, lo cargó y apuntó. Le costó varios disparos hacer blanco en el punto negro.

Vio cómo rodaba pendiente abajo. Una lágrima resbaló por su mejilla. No llegó muy lejos, murió congelada cerca de su sonrisa amarga.

Selección del concurso de cuentos de Navidad en Zenda - Zenda



Entrevista a Miguel Morató

Buenos días os dejo aquí esta entrevista (autoentrevista). Espero que os guste, es totalmente artesanal, por lo que pido disculpas por los f...