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19 agosto 2025

 Buen año (2024)

Realmente fue un buen año, la producción había aumentado. La vaquería multiplicó sus beneficios. Todo gracias al bebé. 
Mamerto, como le llamaba en secreto, había nacido a primeros de año, cuando la nieve creaba pequeños charcos en el porche. Era pequeño, calvo y tan feo como su padre, que decía ser mi hijo, pero tenía una mirada despierta, igual que la perrita cazadora. Pero el mamón no dejaba de llorar. Todo el día berreando, con la cara roja. Decían que era un problema de gases, que no sabía expulsarlos y había que ayudarle. Sus padres, primerizos, no atinaban con la solución. Yo, que cuidaba el ganado, aprendí a estimularle cada dos horas el ojo del culo. Lo hacía con un gastado badajo de madera, que suavizaba con aceite de maíz. Al poco, Mamerto aflojaba tantos gases como para llenar una bombona de butano. Pero no era suficiente, la criatura chillaba y chillaba, la carita roja. Y no parece que estuviese en celo, ya que sólo se le ponía tiesa al mear. Me juré que cuando creciese le llevaría con la Yeni, para que le enseñase la vida. El veterinario aconsejó que probásemos con música, que amansaba a las fieras. A él le funcionaba con sus clientes. Bajé al pueblo en la camioneta y compré un casete donde la Justa. Pasé por la gasolinera y elegí varias cintas de música. Me había aconsejado la Yeni, que de mover las caderas sabía mucho. Juraba por sus hijos que esa música se bailaba a todas horas en su país, y todo el personal andaba contento. Como follaba muy bien le hice caso. Mi mujer estuvo de acuerdo, y pusimos el reguetón. El niño, embutido en un mono azul de lana gruesa, comenzó a seguir aquel ritmo diabólico con sus manitas y piececitos. Cambió el lloro por el babeo, y tenía una luz en los ojitos redondos que le iluminaba toda la carita. Incluso se le empinaba sola, sin mear. Hasta su madre, que llevaba días encerrada con nosequé de depresión, se animó y salió de la cama. 
Al alba, cuando salí a ordeñar las vacas, estas rodeaban la casa. Despedían vaho por sus fosas nasales como las chimeneas de la fábrica de cemento. Las vacas movían el rabo y los cuernos al ritmo del reguetón. Todas excepto dos, que quedaban más lejos, bajo la encina cubierta de nieve, montadas por el toro. Les solté los perros y las conduje al establo. No había terminado de ordeñarlas, cuando vi que me quedaba sin cántaras. Le pedí prestadas al vecino, y al cabo de un par de días comprobé que las vacas daban más leche. Lo corroboró el camionero que hacía las recogidas. Todas excepto una. La blanquita. La muy hija de satanás no paraba de cocearme cuando la ordeñaba. Se lo comenté extrañado a la Yeni y se rio de mí. Lo hizo con aquella risa suya, tan intrigante y excitante. Se le veía la lujuria en el fondo de la garganta. Cabreado, le amenacé con no volver, y ella se puso seria y dijo que lo mismo la vaca era sorda. Eso me hizo pensar y compré en el pueblo un walkman y unos auriculares. Me costó lo suyo ponérselos, parecía un potro loco. La última coz partió el taburete y casi se lleva mis huevos. Pero más tarde, cuando la ordeñé, se quedó muy tranquila. Se dejó exprimir mansamente las ubres y la leche terminó rebosando la cántara. Y todavía le saqué más, mucho más. Esa misma noche oí mugir a las vacas en el establo. Hasta tembló un poco el suelo. Pero hacía frío y no me quise levantar, y mandé a los perros. Volvieron mansamente, moviendo el rabo y la cabeza. Cuando amaneció, la blanquita estaba la primera delante de la casa, marcando el ritmo al resto. Una semana después, tras terminar de ordeñarlas, me di cuenta que habíamos duplicado la producción. Esa noche fui a darle las gracias a la Yeni. Con la ilusión, los gritos, los brindis y los porros, se me pasó echarle un polvo. Así que cuando llegué a casa se lo eché a la parienta. Cuando terminé, Lucía tenía los ojos tan abiertos como la luna llena, y el semen le goteaba entre las piernas. 
Realmente fue un buen año, la producción había aumentado.



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