—Disculpe señorita, se ha sentado encima de mi…
―¿Eh, quién habla? Pero… ¡si aquí no hay
nadie!
―Ahora resulta que soy invisible.
―Pues no veo a nadie…
―Llevo aquí sentado más de una hora.
―Lo que decía, “el hombre invisible”
―Un poco más de respeto por favor, que no
quiero llamar al revisor.
―¿El revisor, será usted antiguo?
―¿Cómo dice, que no hay revisor en este
tren? Seguro, y también que Franco ha
muerto…
―¿Y quién es ese?
―Por Dios, ¡qué les enseñan en la
escuela!
―Oiga, oiga, no se venga arriba, que yo
he ido a un colegio concertado.
―Me hubiese venido arriba para dejarle el
asiento, pero se ha abalanzado sobre mí.
―¿Insinúa usted que le estoy acosando? Si
ni siquiera le puedo ver.
―Nada más lejos de la realidad, señorita.
Le estaba contando que le iba a dejar el asiento cuando… ¿sigue empeñada en que
no me ve? Espere, espere, que esto me suena… ¿Ahora me ve?
―¿Cómo lo ha hecho? ¿De dónde viene?
―Es una historia muy larga, aunque
tenemos tiempo porque este tren ya no para más.
―¡Pero qué dice, si queda poco para
llegar a Sol! ¿Se encuentra usted bien?
―Mejor que nunca, gracias. ¿Este tren no
va a Alcantarilla? Voy al funeral de mi abuelo. Falleció en las trochas de Cuba
y vamos a darle cristiana sepultura.
―Sigo sin entender lo que habla, ¿no
quiere que avise al médico?
―Ay, qué dulce es usted, se parece a mi
nieta. Ella se ha ido a estudiar a la Sorbona, porque aquí no les dejan entrar
en la Universidad, qué país de retrasados ¡Burp!
―Jajajaja, ¿se ha tirado usted un eructo?
―Es el problema de la visibilidad,
acumulo gases… y es de buena educación expulsarlos así.
―Qué gracioso, por lo menos es sincero.
Bueno, llegamos a mi estación, ha sido un placer. Asegúrese bien, que este tren
no va para Alcantarilla.
―Gracias hija, y tú ten cuidado con los
franceses, que siempre nos han odiado.


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