Otro niño que me patea ¡la madre que lo…! Estoy molido, me pisan, me pasan por encima, me barren. Es el pan nuestro de cada día, no dejan que mi negro aspecto brille bajo el sol, ni refleje los edificios bajo la luna. Vivo en tensión, cuando afloro me pregunto lo mismo: ¿dónde estoy, hasta cuándo? Sí, los filósofos hablaron del eterno retorno. Pero no creo que se refiriesen a mí, aunque me conocían de sobra. ¡Cuántas veces les mojé las túnicas y los pies! Pero aquello era harina de otro costal, hablaban de cosas extrañas, tanto que ni ellos mismos se ponían de acuerdo. ¡Menuda empanada! Con lo sencillo que es una pequeña filtración, acumular gota tras gota, hornearte con la suciedad del suelo y aparecer fresco y hermoso, negro y brillante, dispuesto a untarles mis grasillas a los paseantes. ¿Os he contado cuando estuve en la boda del príncipe Felipe? Qué orgulloso ser pisado en primera fila por la realeza, presidentes, ministros, empresarios y resto de la jet del planeta. Aguanté bien tendido, sin desmigajarme. Y con qué respeto me trataron, sin esquivarme ni saltarme. Al día siguiente, una horda de asiáticos con plásticos blancos en las cabezas, cámaras fotográficas en mano, me zarandeó de manera inmisericorde. Se me hizo más largo que un día sin pan, hasta que pude ensoparme bajo las grietas del pavimento. Pero me estoy poniendo correoso. Atended, mis pequeños molletes, y no os acerquéis a aquella grieta, que no es tal sino un desagüe, y si os asomáis os daréis un buen coscorrón. Por cierto, ¿tampoco os he contado la anécdota de los panaderos? Ha llovido mucho desde entonces, pero me sigo riendo. Todos los días, de madrugada, un matrimonio vestido de blanco pasaba encima de mí, con su carrito lleno de harina, camino de la tahona, y me apartaban a patada limpia para que su perrito no se mojase los pies. Ellos, relucientes como la luna llena, me hacían papilla para que su perrito no se resfriase. Y me cansaron. Mi negro corazón amasó despacio su venganza. Aparecería en otro sitio cercano y ya verían, ya, aprenderían a no tratarme a patadas. Todavía tiemblo de la risa al recordarlo. Busqué un lugar estratégico, de paso obligado. Allí localicé unas baldosas bailarinas, que habían perdido la solera inferior, creando unos espacios vacíos útiles para mi propósito. Al anochecer me infiltré entre ellas y emergí en superficie. Estaba todo guapo con mi traje de gala, negro, pegajoso, brillante. Temblaba de la emoción, y conmigo la imagen de un edificio. Quedaban pocos minutos para que llegasen cuando, de repente, apareció despistado un gato desaliñado. Era callejero, de esos que nunca tienen prisa, y tan pronto se tumban a lo largo de la acera para ver pasar el mundo, o juegan con los charcos como si estuviesen pescando. ¡Chist! ¡Chist! ¡Chist! Ni caso, el muy zoquete no se inmutó. A lo lejos escuché el chirrido del carrito de los panaderos. Impaciente, volví a chistar al gato, que observaba junto a mí la luna trémula. Qué catástrofe, si le veía el perro se organizaría la mundial, echaría a correr tras el gato, los panaderos tras ellos, y todo mi plan se quedaría en blanco. Miré al gato fijamente para asustarle, pero bostezó. Te vas a enterar, le dije. Cogí aire varias veces, lo mastiqué y solté una ventosidad hacia los huecos de la solera del pavimento. El aire salió despedido hacia arriba, se mezcló conmigo rugiendo como un león, y pintamos de negro al gato. Éste, asustado, maulló empapado con los pelos tiesos y huyó calle abajo, justo cuando el perro asomaba su hocico pálido por la esquina. El can se quedó parado con la cola tiesa, girando la cabeza a los lados y con cara de mendrugo, intuyendo que allí se había cocido algo, pero a él no le habían invitado. Movió la cola y ladró a sus amos, que ya me pisaban de blanco, arrastrando el carrito chillón. Al tercer pisotón, la baldosa cojeó y mi preciosa agüita negra, una mezcla de agua fermentada y aire contenido, saltó como un géiser, pintándoles de arriba abajo, y añadiéndose a la harina.
Esa mañana abrieron la tienda más tarde, aunque vendieron más chuscos alemanes que nunca. Ya se sabe, las penas con pan son menos penas.

