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01 septiembre 2025

La puerta (2024)

Te frotas los brazos porque tienes miedo, y tiemblas. Dices en voz alta que sabes que está ahí, detrás de la puerta. Eso es lo que tú te crees, tía, aunque no es verdad, ya lo comprobarás. Te aterra tener que conocerlo, porque no tienes fuerzas ni para conocerte a ti misma. ¿Entonces, te preguntas, cómo vas a conocer a otros? Dices que tienes mal ojo con la gente por eso mismo, porque no te conoces a ti. Piensas que ha estado a tu lado siempre, pero no sabes si para ella tú eres igual de desconocida, o te conoce mejor que nadie, mejor que tú misma. No es difícil conocerte, cualquiera que esté cerca de ti un tiempo, acabará viéndote hasta las bragas, de lo transparente que eres. No te preocupes, no le diré a nadie que usas tanga de CK. Sigues en la cocina, de pie, frente a la puerta roja. Le gritas, le dices que deje de dar golpes, que no le vas a abrir. Te preguntas por esa puerta, siempre está ahí. Esa puerta lleva más tiempo que tú en la casa, que yo sepa desde el siglo dieciocho. Cuando llegaste, hace diez años, la puerta estaba igual que cuando vino el anterior inquilino. Pequeña, con un lado cortado al bies, como si el espacio interior estuviese abuhardillado. Pintada de rojo, un rojo sucio y triste, el paso del tiempo había agrietado en sentido transversal su pátina. Su madera recia, con un pomo dorado redondo, soportó tus golpes los primeros meses, cuando mandabas callar ahí dentro. Otras veces, cansada de golpear y gritar, te sentabas en el suelo y apoyabas la espalda en ella, intentando sentirles a ambos, a la puerta y la persona que decías que había dentro. Pero la puerta no te hablaba, nunca lo hizo, y estaba fría, como si fuese inmune a la calefacción del piso. Aquellos días terminabas tiritando en el sofá, con una manta de viaje sobre los hombros y un té caliente entre tus manos. 

Al poco de llegar, reformaste la casa entera excepto la cocina. No lo sabes, pero desde el primer día ya tenías miedo. Siempre has sido una cagona, y tenías miedo de todo, hasta de tu sombra. Pero nunca habías sentido el miedo en la raíz de tu pelo como ahora, delante de la puerta. Nunca quisiste abrir la puerta, ni dejaste otros lo hicieran. ¡Si tanto miedo tenías, haber dejado a los obreros que la tirasen abajo! Después de la obra colocaste delante un frigorífico americano. Pero ella es muy lista, mucho más que tú. Es más vieja de lo que supones.  Todas las noches surge un rumor, que cesa de golpe cuando entras en la cocina. Incluso las noches que vas de puntillas y sin respirar, el rumor se acalla antes de alcanzar el pulsador de la luz. Siempre enciendes al segundo o tercer intento, cuando consigues calmar tu pulso ansioso. Esas noches, cual víctima de Medusa, permaneces hierática a oscuras, escuchando el doloroso silencio que flota tras cesar el rumor. Cuando enciendes la luz, aunque sepas lo que te vas a encontrar, gritas hasta quedarte afónica, con el miedo arando tus entrañas: la nevera está en medio de la cocina. Como si te cediese el paso, para abrir la puerta, aunque esas añagazas caen en saco roto, nunca giraste la llave ni el pomo. Y todavía te preguntas por qué. Era por miedo, ya te dije antes que te cagabas por la pata abajo. 

Ahora hace tiempo que no oyes golpes, y te preguntas si se habrá cansado. Y también si es más joven que tú, o todo lo contrario. ¿Será un trasunto tuyo? Así debiera ser, si supones que sois una única realidad. Pero tampoco tiene que ser igual que tú, por la misma razón que nadie tiene las dos orejas iguales. ¿O es que no te has visto en el espejo? Llevas tiempo pensando en esto, mientras paseas arriba y abajo por la casa, a lo largo del pasillo que conecta la entrada con el salón. De la entrada al salón; media vuelta, del salón a la entrada; media vuelta, de la entrada al salón, y así más de diez años. Antes, cuando te visitaba alguna amistad, te decía entre risas que tuvieses cuidado, que el suelo se estaba combando. Nunca lo reconociste, aunque has colocado una pesada alfombra de pasillo. ¿Eso no se llama hipocresía? 

Y te vuelves a frotar los brazos porque crees que tienes frío, aunque es miedo, porque ha llegado la hora de tomar una decisión. Tras años de paseos por la casa, pronto te vas a casar y abandonarás este hogar. Puede parecer absurdo, pero te preguntas ¿qué hago, abro la puerta para que venga conmigo? Aunque más absurdo sería preguntárselo a tu novio. Se iba a quedar con una cara... Por eso te has decidido a abrir la puerta, aunque todavía no lo sabes.

Llegó la noche y comenzó el leve rumor en la cocina. Te levantaste a oscuras, ya tenías el camino memorizado. Ni siquiera te esforzaste por caminar en silencio. Al llegar a la cocina, el rumor cesó. Encendiste la luz y gritaste desesperada, antes de mirar, porque sabías que te ibas a asustar, como todas las noches, al ver el frigorífico en el medio. Rebuscaste en la lata de cola-cao y, entre las pinzas de plástico, tapones de corcho, agendas y bolígrafos, encontraste la llave, oxidada. No recordabas que estuviese herrumbrosa, pero la última vez que la cogiste la dejaste sin querer dentro de la pila, y la guardaste húmeda. ¿Ya te vale, tía, es que nunca prestas atención a otra cosa que no sea la puerta? Te acercaste inspirando fuerte, mientras tu corazón percutía la marcha Radetzky, e introdujiste la llave meneando la cabeza porque no entraba bien. La giraste, pero no se movió. Tiraste con fuerza para sacarla, y casi te caes de culo al suelo. Cogiste el atomizador de aceite para las ensaladas, y rociaste la cerradura y la llave. Creías que la noche iba a ser tan larga como el amanecer de un día nublado, y te equivocaste. Preparaste un té, porque seguías temblando, cogiste la llave, y esta vez entró con suavidad. Claro, si la habías bañado literalmente en aceite virgen extra de oliva. Giraste la llave con ganas. No te lo creías, pero la cerradura se abrió. Manoseaste el pomo dorado con las dos manos, porque tu miedo lo había llenado de sudor resbaladizo, y se liberó el pestillo. La puerta chirrió al empujarla, mientras las motitas de polvo se reflejaban en los haces de luz intermitente de la cocina. Dentro, la sombra del frigorífico no lograba ocultar de tu vista, sobre una silla de madera, tu vestido blanco nupcial.








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