Los primeros copos de nieve flotaron sin avisar, como otros años. Se despertó, había llegado la Navidad. Llevaba mucho tiempo allí, y medía el tiempo por las estaciones. Sobrevivía desde hacía más de quince años en aquel agujero, y envejecía rápidamente; con cuarenta años era considerado un viejo, todo un veterano. Las palizas, la escasez de alimentos y las malas condiciones de aquel lugar le habían llevado a un estado de postración lamentable, y ya comenzaba a ansiar un final, para bien o para mal. Cuando notó aquellos copos, su sonrisa inicial se fue transformando en una mueca de miedo, al ver cómo se amontonaban dentro de su estrecha celda. Otros años no habían llegado a cuajar más allá del rincón donde estaba el cubo de las heces, y en el alféizar del ventanuco, entre los barrotes. Pero ahora caían copiosamente, con fuerza, como si quisieran enterrarle vivo. De poco le serviría gritar, los vigilantes solían dormir profundamente, con la tranquilidad de los que saben que de allí no se escapaba nadie. Pero era Navidad, y los milagros existen; la nieve se fue amontonando poco a poco en su celda, dándole tiempo a situarse en la cresta de la montonera, hasta llegar al ventanuco. Los barrotes, presos como él, cargados de herrumbre, cedieron con facilidad. Asombrado, por un momento quedó inmóvil, como si aquello fuese un sueño. La vida le había regalado otra oportunidad. Saltó al exterior, donde todo estaba oculto bajo un manto blanco. Corrió libre, con el corazón palpitante que le impedía respirar, alejándose de aquel maldito lugar. A lo lejos comenzó a oír ruidos secos, ¡las campanadas!
Desde su atalaya, el vigilante observaba admirado la nevada que había cubierto por completo el penal. Comenzó a soñar con las navidades, las risas de sus hijos mientras adornaban el árbol, las canciones, las reuniones familiares. Este año, con un poco de suerte, podría pasar alguna fiesta con su familia. Un punto negro, que iba profanando pasito a pasito toda aquella blancura, le despertó de sus fantasías. Cogió su fusil, lo cargó y apuntó. Le costó varios disparos hacer blanco en el punto negro.
Vio cómo rodaba pendiente abajo. Una lágrima resbaló por su mejilla. No llegó muy lejos, murió congelada cerca de su sonrisa amarga.
Selección del concurso de cuentos de Navidad en Zenda - Zenda


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