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03 febrero 2026

El intermitente (febrero 2026)

La subieron en la ambulancia medicalizada, aunque deberían haberlo hecho en un coche fúnebre. La paciente estaba en coma, próxima a la muerte. Sus hermanas, dos ancianitas persistentes, habían conseguido que el médico firmase el traslado a Galicia. Quinientos kilómetros financiados por el Estado. La ambulancia arrancó apestando a gasóleo, petardeando humo negro por el tubo de escape mientras el intermitente coloreaba de naranja el asfalto, y callejeó por el barrio mientras el enfermero se sujetaba como podía con aquel bamboleo. Paró en una casa del barrio de Orcasitas, las dos ancianas se bajaron y al poco regresaron cargadas con dos cestas de mimbre grandes, una maleta roja, cerrada con un cordel, y una bolsa grande con prendas colgadas en perchas. Por fin, el camión de mudanzas medicalizado partió hacia Orense, y se despidió con luces naranjas intermitentes de la capital. La paciente iba atrás en una camilla, acompañada por un enfermero de pijama y tez blanca, que aguantaba las náuseas por la mezcla del olor a combustible y la naftalina que salía de la maleta roja y la bolsa de ropa. Además, tenía la carne de piel de gallina, porque el conductor, a la vista de la paciente, había bajado la calefacción, no fuese que el olor de gasóleo se mezclase con el olor a muerte cercana. Las hermanas iban delante y hablaban con el conductor. El enfermero sonrió aliviado, no entendía la jerga de aquellas mujeres y no quería tenerlas a su lado, sujetándose donde pudiesen con cada giro que daba la ambulancia, con cada bache que te partía en dos, y teniendo que gritarlas por encima del ruido de las vibraciones de la furgoneta. Cada poco tiempo, colocaba el fonendoscopio sobre el pecho de la mujer y consultaba su reloj, calculando su frecuencia cardiaca. Al principio, las hermanas giraban la cabeza para ver qué hacía, y vistas desde atrás, con el bamboleo del vehículo, parecían los perritos que adornaban la parte trasera de los coches, que mueven sus cabecitas al ritmo del bamboleo. Al cabo de cincuenta o cien kilómetros, las hermanas estaban enfrascadas en una conversación, mezclada con risotadas, con el conductor, que también había dejado de mirar por el retrovisor. El enfermero se giró para apoyar de nuevo el fonendoscopio sobre el tórax de la mujer, agarrándose al tirador que había en un lateral para evitar caerse, ocultando la visión de la paciente desde el ventanuco delantero con su cuerpo blanco. Con una mano apoyó el fonendo, y con la otra, una vez que la liberó del tirador, en lugar de observar el segundero del reloj, cerró con fuerza la boca y la nariz de la paciente. Esta tuvo un leve estremecimiento, un temblor de piernas, exactamente como cuando se pierde la vida de manera violenta e inesperada. El enfermero siguió apretando, como quien abraza a sus hijos, con pasión y devoción, y cuando calculó que había escuchado el último latido hacía varios minutos, se sentó, alisó su blanco pijama y peinó a la paciente con las manos, colocando sus cabellos con suavidad. Las hermanas se giraron en ese momento, y sonrieron al ver el cariño con que trataba a su hermana. Al poco, el enfermero volvió a colocar el fonendo sobre el tórax y entrecerró los ojos un buen rato, moviendo la cabeza al ritmo del bamboleo de la ambulancia, hasta que fue consciente que el conductor le clavaba los ojos por el retrovisor. Giró la cabeza y cruzaron las miradas, y negó de manera imperceptible. El conductor abrió mucho los ojos y después asintió, y poco después notaron cómo desaceleraba la ambulancia y disminuían las vibraciones. Escucharon el sonido repetitivo y acusador del intermitente que iluminaba la salida de la autopista. Tu-tú, tu-tú, tu-tú.  




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