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Blog oficial de Miguel Morató Miguel, autor de la novela de ficción Tolo. Noticias, relatos y más cosas. Quiero compartir contigo unos relatos que he escrito, para sacarte una sonrisa, una reflexión, lo que sea. Y evitar aquello de "Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia"
12 abril 2026
Tolo
Autor del libro "Tolo". Disponible en https://www.editorialsg.com/ (envío gratuito)
11 marzo 2026
Presentación de Tolo, 10 de abril
Autor del libro "Tolo". Disponible en https://www.editorialsg.com/ (envío gratuito)
02 marzo 2026
Los furin (2026)
—¿Todo bien, Nicole?
—Todo bien, Pierre, pasa.
El portazo hizo tintinear las campanas tibetanas. Habían vuelto a quedar para estudiar en su casa, y aunque a Pierre se le notaba que ella le gustaba, Nicole tenía dudas, y por eso le había invitado varias veces con la excusa del estudio. Tenía un nosequé, como cuando comes algo que sabes que te va a sentar mal y estás toda la tarde esperando ese momento que nunca llega; era algo que flotaba en el ambiente, que se movía entre campanillas. Le acompañó al salón, haciendo rechinar la tarima blanquecina, y después Nicole fue a la cocina y preparó café; los exámenes sobrevolaban en círculos como los buitres. Pierre oyó el ruido del borboteo del café y adivinó su olor amargo, que le recordó las tardes en la playa de Gandía tomando café con hielo.
La tarima rechinó y se alzó un repiqueteo, como si cientos de grillos cantasen. Eran los furin japoneses de cristal que Nicole tenía a la entrada del salón, presidido por un Buda dorado. Pierre se abstuvo de hacer comentarios, porque la última vez discutieron cuando hizo una broma desafortunada sobre la barriga de aquel. Pensaba que Nicole estaba demasiado obsesionada con el budismo.
—Hummm, qué bien huele.
—Es especial, traído de Vietnam.
—Por el olor amargo, parece que han cortado hierba en el prado. Este café nos quitará el sueño, seguro.
Tomaron el café solo, sin azúcar, mientras comentaban chismes y reían. A los cinco minutos, Nicole recogió en una mesita auxiliar las tazas y comenzaron a estudiar. Pierre se centró en los apuntes sin levantar la cabeza, musitando para sí. Nicole se sentó sobre las piernas dobladas, con unos cascos de música gigantes, unas tarjetas con resúmenes y el libro. Estuvieron varias horas tan concentrados, que no notaron cómo las corrientes de aire atravesaban las campanas japonesas. A las tres horas ella le tocó el hombro y Pierre levantó la vista:
—Es hora de hacer un descanso. ¿Más café?
—¡Si, perfecto! Voy un momento al baño.
—Ten cuidado con el lavabo, está roto y si te apoyas con fuerza se puede caer.
Se levantó y los furin le saludaron. Entró en el baño y cerró la puerta, y sonaron más campanillas. Se lavó la cara y se miró al espejo. Levantó la mano para peinarse cuando su corazón frenó en seco: un par de ojos dorados sin cejas le miraban. Se volvió deprisa y lo golpeó sin querer con el codo, aunque lo cogió antes de caer al suelo y sonrió. Pero la sonrisa se evaporó como un globo que se suelta y desaparece en el cielo, porque se fijó que tenía un desconchón. Joder, ¿qué hago ahora con esto? Se acordó de su primo, que pintaba maquetas. ¿Pero cómo sacarlo de allí? Imposible, era imposible. ¡Joder! Tenía que esconderlo, pero ¿dónde? No había sitio. Qué marrón, a tomar por saco sus planes con Nicole. Miró hacia arriba para blasfemar pero quedó mudo bajo una sonrisa: la cisterna. Era de las antiguas, como toda la casa. Se veía el mecanismo de la boya oxidado, y se escuchaba el siseo de una fuga. Colocó un taburete cojo encima de la taza del váter y se subió con cuidado. Haciendo equilibrios, taca-taca, taca-taca, lo sumergió. ¡Coño!, no entraba del todo. Apretó con fuerza pero solo consiguió salpicar agua, bajó y miró hacia arriba. ¡Bah!, se mimetiza con el techo, y si no te fijas no se ve; mañana traeré pintura. Para disimular, tiró de la cadena y la cisterna hizo un ruido afónico, un quiero y no puedo. Pierre se quedó frío y grisáceo, hasta que un chorro de agua cayó por la porcelana blanca. Salió con una sonrisa del baño, que se despidió de él tintineando. Nicole se levantó y le miró con el ceño fruncido, mientras él entraba rápido al salón entre los tintineos de los furin.
—¿Todo bien, Pierre?
—Todo bien, Nicole. El café, que es muy fuerte.
—¿Te ha pasado algo en el baño? He oído un golpe.
—Si, si, esto… había agua y resbalé. No me caí pero di una patada para equilibrarme.
—¿No te habrás apoyado en el lavabo y se habrá caído, no?
—No, por Dios, se hubiese escuchado un golpetazo enorme. Y se habría roto todo. Si no me crees, ve y mira con tus ojos.
—No te pongas así, que te creo. Es que el baño está muy mal. ¿Te has hecho daño?
—No, no, tranquila, solo es el susto. ¿Seguimos estudiando? Creo que lo llevo mal, y te iba a decir que mañana volviésemos a quedar.
—Me parece buena idea, yo tampoco lo llevo bien. ¿En tu casa?
—¡No! No, esto… prefiero en tu casa, en la mía hay obras en la calle hasta las diez, y no hay quien pare. Y la perra está en celo, y debajo de casa aúllan los machos.
—Pues así es imposible. Pero mañana tampoco podemos quedar aquí.
—¿No?
—Vienen los obreros para reformar el baño, ya has visto cómo está. Me han prometido que en tres días terminan.
Pierre se quedó frío y grisáceo, mientras sus latidos movían los furin de cristal.
—¿Te pasa algo?
—No, por supuesto que no.
—Buenos, sigamos estudiando, que estos días habrá que ir a la biblioteca y allí será difícil estudiar, con el ruido que hay.
Nicole se sentó sobre las piernas cruzadas, mientras los furin de su cabeza tintineaban violentamente.
—¿Nicol?
—¿Si, Pierre?
—Tengo que decirte una cosa…
—¿El lavabo?
Autor del libro "Tolo". Disponible en https://www.editorialsg.com/ (envío gratuito)
23 febrero 2026
En la imprenta...
Autor del libro "Tolo". Disponible en https://www.editorialsg.com/ (envío gratuito)
03 febrero 2026
El intermitente (febrero 2026)
La subieron en la ambulancia medicalizada, aunque deberían haberlo hecho en un coche fúnebre. La paciente estaba en coma, próxima a la muerte. Sus hermanas, dos ancianitas persistentes, habían conseguido que el médico firmase el traslado a Galicia. Quinientos kilómetros financiados por el Estado. La ambulancia arrancó apestando a gasóleo, petardeando humo negro por el tubo de escape mientras el intermitente coloreaba de naranja el asfalto, y callejeó por el barrio mientras el enfermero se sujetaba como podía con aquel bamboleo. Paró en una casa del barrio de Orcasitas, las dos ancianas se bajaron y al poco regresaron cargadas con dos cestas de mimbre grandes, una maleta roja, cerrada con un cordel, y una bolsa grande con prendas colgadas en perchas. Por fin, el camión de mudanzas medicalizado partió hacia Orense, y se despidió con luces naranjas intermitentes de la capital. La paciente iba atrás en una camilla, acompañada por un enfermero de pijama y tez blanca, que aguantaba las náuseas por la mezcla del olor a combustible y la naftalina que salía de la maleta roja y la bolsa de ropa. Además, tenía la carne de piel de gallina, porque el conductor, a la vista de la paciente, había bajado la calefacción, no fuese que el olor de gasóleo se mezclase con el olor a muerte cercana. Las hermanas iban delante y hablaban con el conductor. El enfermero sonrió aliviado, no entendía la jerga de aquellas mujeres y no quería tenerlas a su lado, sujetándose donde pudiesen con cada giro que daba la ambulancia, con cada bache que te partía en dos, y teniendo que gritarlas por encima del ruido de las vibraciones de la furgoneta. Cada poco tiempo, colocaba el fonendoscopio sobre el pecho de la mujer y consultaba su reloj, calculando su frecuencia cardiaca. Al principio, las hermanas giraban la cabeza para ver qué hacía, y vistas desde atrás, con el bamboleo del vehículo, parecían los perritos que adornaban la parte trasera de los coches, que mueven sus cabecitas al ritmo del bamboleo. Al cabo de cincuenta o cien kilómetros, las hermanas estaban enfrascadas en una conversación, mezclada con risotadas, con el conductor, que también había dejado de mirar por el retrovisor. El enfermero se giró para apoyar de nuevo el fonendoscopio sobre el tórax de la mujer, agarrándose al tirador que había en un lateral para evitar caerse, ocultando la visión de la paciente desde el ventanuco delantero con su cuerpo blanco. Con una mano apoyó el fonendo, y con la otra, una vez que la liberó del tirador, en lugar de observar el segundero del reloj, cerró con fuerza la boca y la nariz de la paciente. Esta tuvo un leve estremecimiento, un temblor de piernas, exactamente como cuando se pierde la vida de manera violenta e inesperada. El enfermero siguió apretando, como quien abraza a sus hijos, con pasión y devoción, y cuando calculó que había escuchado el último latido hacía varios minutos, se sentó, alisó su blanco pijama y peinó a la paciente con las manos, colocando sus cabellos con suavidad. Las hermanas se giraron en ese momento, y sonrieron al ver el cariño con que trataba a su hermana. Al poco, el enfermero volvió a colocar el fonendo sobre el tórax y entrecerró los ojos un buen rato, moviendo la cabeza al ritmo del bamboleo de la ambulancia, hasta que fue consciente que el conductor le clavaba los ojos por el retrovisor. Giró la cabeza y cruzaron las miradas, y negó de manera imperceptible. El conductor abrió mucho los ojos y después asintió, y poco después notaron cómo desaceleraba la ambulancia y disminuían las vibraciones. Escucharon el sonido repetitivo y acusador del intermitente que iluminaba la salida de la autopista. Tu-tú, tu-tú, tu-tú.
Autor del libro "Tolo". Disponible en https://www.editorialsg.com/ (envío gratuito)
11 enero 2026
Ya está más cerca (Tolo)
Ya hemos firmado el contrato, y estamos trabajando en la revisión del libro. En breve pasará a maquetación y diseño.
Os dejo un pequeño avance.
Autor del libro "Tolo". Disponible en https://www.editorialsg.com/ (envío gratuito)
Entrevista a Miguel Morató
Buenos días os dejo aquí esta entrevista (autoentrevista). Espero que os guste, es totalmente artesanal, por lo que pido disculpas por los f...





