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02 marzo 2026

Los furin (2026)

—¿Todo bien, Nicole?

—Todo bien, Pierre, pasa.

El portazo hizo tintinear las campanas tibetanas. Habían vuelto a quedar para estudiar en su casa, y aunque a Pierre se le notaba que ella le gustaba, Nicole tenía dudas, y por eso le había invitado varias veces con la excusa del estudio. Tenía un nosequé, como cuando comes algo que sabes que te va a sentar mal y estás toda la tarde esperando ese momento que nunca llega; era algo que flotaba en el ambiente, que se movía entre campanillas. Le acompañó al salón, haciendo rechinar la tarima blanquecina, y después Nicole fue a la cocina y preparó café; los exámenes sobrevolaban en círculos como los buitres. Pierre oyó el ruido del borboteo del café y adivinó su olor amargo, que le recordó las tardes en la playa de Gandía tomando café con hielo.

La tarima rechinó y se alzó un repiqueteo, como si cientos de grillos cantasen. Eran los furin japoneses de cristal que Nicole tenía a la entrada del salón, presidido por un Buda dorado. Pierre se abstuvo de hacer comentarios, porque la última vez discutieron cuando hizo una broma desafortunada sobre la barriga de aquel. Pensaba que Nicole estaba demasiado obsesionada con el budismo.

—Hummm, qué bien huele. 

—Es especial, traído de Vietnam.

—Por el olor amargo, parece que han cortado hierba en el prado. Este café nos quitará el sueño, seguro.

Tomaron el café solo, sin azúcar, mientras comentaban chismes y reían. A los cinco minutos, Nicole recogió en una mesita auxiliar las tazas y comenzaron a estudiar. Pierre se centró en los apuntes sin levantar la cabeza, musitando para sí. Nicole se sentó sobre las piernas dobladas, con unos cascos de música gigantes, unas tarjetas con resúmenes y el libro. Estuvieron varias horas tan concentrados, que no notaron cómo las corrientes de aire atravesaban las campanas japonesas. A las tres horas ella le tocó el hombro y Pierre levantó la vista:

—Es hora de hacer un descanso. ¿Más café? 

—¡Si, perfecto! Voy un momento al baño. 

—Ten cuidado con el lavabo, está roto y si te apoyas con fuerza se puede caer.

Se levantó y los furin le saludaron. Entró en el baño y cerró la puerta, y sonaron más campanillas. Se lavó la cara y se miró al espejo. Levantó la mano para peinarse cuando su corazón frenó en seco: un par de ojos dorados sin cejas le miraban. Se volvió deprisa y lo golpeó sin querer con el codo, aunque lo cogió antes de caer al suelo y sonrió. Pero la sonrisa se evaporó como un globo que se suelta y desaparece en el cielo, porque se fijó que tenía un desconchón. Joder, ¿qué hago ahora con esto? Se acordó de su primo, que pintaba maquetas. ¿Pero cómo sacarlo de allí? Imposible, era imposible. ¡Joder! Tenía que esconderlo, pero ¿dónde? No había sitio. Qué marrón, a tomar por saco sus planes con Nicole. Miró hacia arriba para blasfemar pero quedó mudo bajo una sonrisa: la cisterna. Era de las antiguas, como toda la casa. Se veía el mecanismo de la boya oxidado, y se escuchaba el siseo de una fuga. Colocó un taburete cojo encima de la taza del váter y se subió con cuidado. Haciendo equilibrios, taca-taca, taca-taca, lo sumergió. ¡Coño!, no entraba del todo. Apretó con fuerza pero solo consiguió salpicar agua, bajó y miró hacia arriba. ¡Bah!, se mimetiza con el techo, y si no te fijas no se ve; mañana traeré pintura. Para disimular, tiró de la cadena y la cisterna hizo un ruido afónico, un quiero y no puedo. Pierre se quedó frío y grisáceo, hasta que un chorro de agua cayó por la porcelana blanca. Salió con una sonrisa del baño, que se despidió de él tintineando. Nicole se levantó y le miró con el ceño fruncido, mientras él entraba rápido al salón entre los tintineos de los furin. 

—¿Todo bien, Pierre?

—Todo bien, Nicole. El café, que es muy fuerte.

—¿Te ha pasado algo en el baño? He oído un golpe.

—Si, si, esto… había agua y resbalé. No me caí pero di una patada para equilibrarme.

—¿No te habrás apoyado en el lavabo y se habrá caído, no?

—No, por Dios, se hubiese escuchado un golpetazo enorme. Y se habría roto todo. Si no me crees, ve y mira con tus ojos.

—No te pongas así, que te creo. Es que el baño está muy mal. ¿Te has hecho daño?

—No, no, tranquila, solo es el susto. ¿Seguimos estudiando? Creo que lo llevo mal, y te iba a decir que mañana volviésemos a quedar.

—Me parece buena idea, yo tampoco lo llevo bien. ¿En tu casa?

—¡No! No, esto… prefiero en tu casa, en la mía hay obras en la calle hasta las diez, y no hay quien pare. Y la perra está en celo, y debajo de casa aúllan los machos.

—Pues así es imposible. Pero mañana tampoco podemos quedar aquí.

—¿No?

—Vienen los obreros para reformar el baño, ya has visto cómo está. Me han prometido que en tres días terminan.

Pierre se quedó frío y grisáceo, mientras sus latidos movían los furin de cristal.

—¿Te pasa algo?

—No, por supuesto que no.

—Buenos, sigamos estudiando, que estos días habrá que ir a la biblioteca y allí será difícil estudiar, con el ruido que hay. 

Nicole se sentó sobre las piernas cruzadas, mientras los furin de su cabeza tintineaban violentamente.

—¿Nicol?

—¿Si, Pierre?

—Tengo que decirte una cosa…

—¿El lavabo?



03 febrero 2026

El intermitente (febrero 2026)

La subieron en la ambulancia medicalizada, aunque deberían haberlo hecho en un coche fúnebre. La paciente estaba en coma, próxima a la muerte. Sus hermanas, dos ancianitas persistentes, habían conseguido que el médico firmase el traslado a Galicia. Quinientos kilómetros financiados por el Estado. La ambulancia arrancó apestando a gasóleo, petardeando humo negro por el tubo de escape mientras el intermitente coloreaba de naranja el asfalto, y callejeó por el barrio mientras el enfermero se sujetaba como podía con aquel bamboleo. Paró en una casa del barrio de Orcasitas, las dos ancianas se bajaron y al poco regresaron cargadas con dos cestas de mimbre grandes, una maleta roja, cerrada con un cordel, y una bolsa grande con prendas colgadas en perchas. Por fin, el camión de mudanzas medicalizado partió hacia Orense, y se despidió con luces naranjas intermitentes de la capital. La paciente iba atrás en una camilla, acompañada por un enfermero de pijama y tez blanca, que aguantaba las náuseas por la mezcla del olor a combustible y la naftalina que salía de la maleta roja y la bolsa de ropa. Además, tenía la carne de piel de gallina, porque el conductor, a la vista de la paciente, había bajado la calefacción, no fuese que el olor de gasóleo se mezclase con el olor a muerte cercana. Las hermanas iban delante y hablaban con el conductor. El enfermero sonrió aliviado, no entendía la jerga de aquellas mujeres y no quería tenerlas a su lado, sujetándose donde pudiesen con cada giro que daba la ambulancia, con cada bache que te partía en dos, y teniendo que gritarlas por encima del ruido de las vibraciones de la furgoneta. Cada poco tiempo, colocaba el fonendoscopio sobre el pecho de la mujer y consultaba su reloj, calculando su frecuencia cardiaca. Al principio, las hermanas giraban la cabeza para ver qué hacía, y vistas desde atrás, con el bamboleo del vehículo, parecían los perritos que adornaban la parte trasera de los coches, que mueven sus cabecitas al ritmo del bamboleo. Al cabo de cincuenta o cien kilómetros, las hermanas estaban enfrascadas en una conversación, mezclada con risotadas, con el conductor, que también había dejado de mirar por el retrovisor. El enfermero se giró para apoyar de nuevo el fonendoscopio sobre el tórax de la mujer, agarrándose al tirador que había en un lateral para evitar caerse, ocultando la visión de la paciente desde el ventanuco delantero con su cuerpo blanco. Con una mano apoyó el fonendo, y con la otra, una vez que la liberó del tirador, en lugar de observar el segundero del reloj, cerró con fuerza la boca y la nariz de la paciente. Esta tuvo un leve estremecimiento, un temblor de piernas, exactamente como cuando se pierde la vida de manera violenta e inesperada. El enfermero siguió apretando, como quien abraza a sus hijos, con pasión y devoción, y cuando calculó que había escuchado el último latido hacía varios minutos, se sentó, alisó su blanco pijama y peinó a la paciente con las manos, colocando sus cabellos con suavidad. Las hermanas se giraron en ese momento, y sonrieron al ver el cariño con que trataba a su hermana. Al poco, el enfermero volvió a colocar el fonendo sobre el tórax y entrecerró los ojos un buen rato, moviendo la cabeza al ritmo del bamboleo de la ambulancia, hasta que fue consciente que el conductor le clavaba los ojos por el retrovisor. Giró la cabeza y cruzaron las miradas, y negó de manera imperceptible. El conductor abrió mucho los ojos y después asintió, y poco después notaron cómo desaceleraba la ambulancia y disminuían las vibraciones. Escucharon el sonido repetitivo y acusador del intermitente que iluminaba la salida de la autopista. Tu-tú, tu-tú, tu-tú.  




11 enero 2026

Ya está más cerca (Tolo)

 Ya hemos firmado el contrato, y estamos trabajando en la revisión  del libro. En breve pasará a maquetación y diseño. 

Os dejo un pequeño avance.





21 diciembre 2025



Parece que el sueño se hará realidad en breve... Espero poder ofreceros más noticias en dos o tres meses.

Saludos cordiales.

03 noviembre 2025

El charco correoso (binomio fantástico...)

Otro niño que me patea ¡la madre que lo…! Estoy molido, me pisan, me pasan por encima, me barren. Es el pan nuestro de cada día, no dejan que mi negro aspecto brille bajo el sol, ni refleje los edificios bajo la luna. Vivo en tensión, cuando afloro me pregunto lo mismo: ¿dónde estoy, hasta cuándo? Sí, los filósofos hablaron del eterno retorno. Pero no creo que se refiriesen a mí, aunque me conocían de sobra. ¡Cuántas veces les mojé las túnicas y los pies! Pero aquello era harina de otro costal, hablaban de cosas extrañas, tanto que ni ellos mismos se ponían de acuerdo. ¡Menuda empanada! Con lo sencillo que es una pequeña filtración, acumular gota tras gota, hornearte con la suciedad del suelo y aparecer fresco y hermoso, negro y brillante, dispuesto a untarles mis grasillas a los paseantes. ¿Os he contado cuando estuve en la boda del príncipe Felipe? Qué orgulloso ser pisado en primera fila por la realeza, presidentes, ministros, empresarios y resto de la jet del planeta. Aguanté bien tendido, sin desmigajarme. Y con qué respeto me trataron, sin esquivarme ni saltarme. Al día siguiente, una horda de asiáticos con plásticos blancos en las cabezas, cámaras fotográficas en mano, me zarandeó de manera inmisericorde. Se me hizo más largo que un día sin pan, hasta que pude ensoparme bajo las grietas del pavimento. Pero me estoy poniendo correoso. Atended, mis pequeños molletes, y no os acerquéis a aquella grieta, que no es tal sino un desagüe, y si os asomáis os daréis un buen coscorrón. Por cierto, ¿tampoco os he contado la anécdota de los panaderos? Ha llovido mucho desde entonces, pero me sigo riendo. Todos los días, de madrugada, un matrimonio vestido de blanco pasaba encima de mí, con su carrito lleno de harina, camino de la tahona, y me apartaban a patada limpia para que su perrito no se mojase los pies. Ellos, relucientes como la luna llena, me hacían papilla para que su perrito no se resfriase. Y me cansaron. Mi negro corazón amasó despacio su venganza. Aparecería en otro sitio cercano y ya verían, ya, aprenderían a no tratarme a patadas. Todavía tiemblo de la risa al recordarlo. Busqué un lugar estratégico, de paso obligado. Allí localicé unas baldosas bailarinas, que habían perdido la solera inferior, creando unos espacios vacíos útiles para mi propósito. Al anochecer me infiltré entre ellas y emergí en superficie. Estaba todo guapo con mi traje de gala, negro, pegajoso, brillante. Temblaba de la emoción, y conmigo la imagen de un edificio. Quedaban pocos minutos para que llegasen cuando, de repente, apareció despistado un gato desaliñado. Era callejero, de esos que nunca tienen prisa, y tan pronto se tumban a lo largo de la acera para ver pasar el mundo, o juegan con los charcos como si estuviesen pescando. ¡Chist! ¡Chist! ¡Chist! Ni caso, el muy zoquete no se inmutó. A lo lejos escuché el chirrido del carrito de los panaderos. Impaciente, volví a chistar al gato, que observaba junto a mí la luna trémula. Qué catástrofe, si le veía el perro se organizaría la mundial, echaría a correr tras el gato, los panaderos tras ellos, y todo mi plan se quedaría en blanco. Miré al gato fijamente para asustarle, pero bostezó. Te vas a enterar, le dije. Cogí aire varias veces, lo mastiqué y solté una ventosidad hacia los huecos de la solera del pavimento. El aire salió despedido hacia arriba, se mezcló conmigo rugiendo como un león, y pintamos de negro al gato. Éste, asustado, maulló empapado con los pelos tiesos y huyó calle abajo, justo cuando el perro asomaba su hocico pálido por la esquina. El can se quedó parado con la cola tiesa, girando la cabeza a los lados y con cara de mendrugo, intuyendo que allí se había cocido algo, pero a él no le habían invitado. Movió la cola y ladró a sus amos, que ya me pisaban de blanco, arrastrando el carrito chillón. Al tercer pisotón, la baldosa cojeó y mi preciosa agüita negra, una mezcla de agua fermentada y aire contenido, saltó como un géiser, pintándoles de arriba abajo, y añadiéndose a la harina. 

Esa mañana abrieron la tienda más tarde, aunque vendieron más chuscos alemanes que nunca. Ya se sabe, las penas con pan son menos penas.



Entrevista a Miguel Morató

Buenos días os dejo aquí esta entrevista (autoentrevista). Espero que os guste, es totalmente artesanal, por lo que pido disculpas por los f...