Soy un buque fantasma sin tripulación. Soy un cascarón vacío. Vacío en mi interior tras caer al suelo. Suelo otoñal que besa mis agujas. En ese momento, cuando me fundo con la tierra oscura y húmeda, soy consciente de la edad que tengo. Tengo la edad justa. Pero sangro en mi interior la pérdida de los míos. ¿Quién se los llevó? ¿Dónde están? Caen lágrimas de desesperación y me hallo postrada, sin encontrar solución. Solución a mi incapacidad. Incapacidad de movimiento. Movimiento hacia los míos. Míos son vuestros recuerdos, mis niños. Niños que juegan con ellas en las manos, y soplan, y las hacen saltar. Saltar, en qué momento me atreví.
Un destello naranja, como las hojas que me rodean, ilumina mis rincones y me muestra su historia. El presente. Unos niños, con miradas tamizadas por gorros y bufandas, las señalan con dedos temblorosos. Los padres, sonrientes, asienten con la cabeza varias veces y les entregan un billete. Corren hasta el señor de grueso bigote y grueso abdomen, que suelta aire blanco por la boca. Bajo una gorra negra brillante, sus ojos observan un tonel de metal con un montón de formas redondeadas de piel renegrida, situadas sobre una plancha metálica de color rojo anaranjado. Dirige sus gruesos dedos hacia ellas y va cogiendo de dos en dos hasta llenar tres cucuruchos de papel de periódico. Se los entrega entre risas y aplausos de los niños, y coge el billete, que guarda en un bolsillo del pantalón. Los niños soplan las formas renegridas y las hacen saltar entre sus manos. Qué desgracia, mi prole dando botes. Qué desgracia, si no me dejaron advertir que no eran mis hijos. Eran de otro, fruto de un injerto abominable. Crecieron dentro de mi como si fuesen míos, pero su oscuro corazón palpitaba amargura venenosa. Qué desgracia.
El destello naranja se oscurece y deja de iluminar mis rincones, y yazco desecha bajo un manto de hojarasca, y comprendo que la vida es corta. Corta el cordón umbilical y cae. Cae el telón de mi existencia. Existencia que niegan mis hijos mientras son masticados.
Ya está, el crepitar naranja del carbón otoñal puso fin a sus esperanzas. Se retuercen en el suelo, las caras pálidas y azules como el cielo al terminar el día, con espuma blanquecina saliendo de sus labios apretados. Terminar el día. Mi vida mía acabó cuando caí al suelo. Suelo otoñal que besaron mis agujas. Agujas dolorosas fijan la tragedia en vuestros cerebros. Cerebros atravesados por un frío finito.
Son buques fantasmas sin tripulación. Son cascarones vacíos.


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